12

julio

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24

by Alberto González Vázquez

Cada llamada de teléfono es una amenaza. Cada esquina de Lavapiés, una célula terrorista. Cada reloj, una cuenta atrás. Pero “24″ no es sólo un ejercicio de retroalimentación paranoica: es uno de las experiencias audiovisuales más trepidantes de la Historia. Antonia y yo hemos pasado la semana en Tarragona, con sus padres. Paseábamos en barco, bebíamos cava y vino rosado y departíamos con su familia. Y todo era muy agradable y divertido, pero no tanto como “24″. Alfredo y Maribel se marcharon el viernes a una boda así que aprovechamos para ver trece episodios. Al día siguiente mentimos. Dijimos que sólo habíamos podido ver ocho porque habíamos salido a PASEAR por la playa. Playa mis cojones.
En los márgenes de “24″ me dejaron llevar el barco y un señor se mareó mientras su mujer se moría de risa en la proa. Después le llevaron al médico y tuvo un ataque de nervios y se echó a llorar y le pusieron un tranquilizante debajo de la lengua. Esto nos lo contaba la mujer durante la comida, mientras el hombre dormía.
El domingo cargamos el DVD y las maletas en el coche y olvidamos el bolso de Antonia en la acera, con nuestros móviles, con TODO. Cuando nos percatamos, después de ochenta kilómetros de carretera, se me ocurrió llamar a mi número. Contestó un pollo. Quedamos en Casa Pedro. “Llevaré una camiseta de camuflaje”, dijo. Regresamos y nos topamos con SALVADOR. El paramilitar que había recogido el bolso del Antonia. Le invitamos a un par de whiskies y nos contó que era alcohólico y que vivía con su madre. Le dimos las gracias y le prometimos una caja de vino

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