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abril

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Éramos cuarenta

by Alberto González Vázquez

Tengo la fantasía de alquilar un autobús, llenarlo con cincuenta personas y hacer una excursión como las de antes. A un museo, a una fábrica de galletas o a una central nuclear, no importa. Este fin de semana ha habido una especie de simulacro. Fuimos al estreno de “Ëramos pocos” en el Festival de Medina del Campo. En tren.
Llegamos al hotel, nos tomamos un par de cervezas y acudimos al auditorio. Después de una ceremonia naïf y tediosa Borja subió al escenario. Pidió al equipo que le acompañara y trató de disculpar su tendencia a contar historias de la tercera edad. A continuación dedicó el corto a su amiga Agus, de setenta y ocho años de edad. La sombra de la gerontofilia se cernía sobre el auditorio.
Durante la proyección el público se rió, luego aplaudió y, bueno, a quién le importa el público. Fuimos a un bar. Todos, éramos cuarenta. Picamos algo, fuimos a más bares y después al hotel. Le di los buenos días a Pumares y me tomé un café. Comimos en la plaza del pueblo. Los camareros del restaurante parecían haber perdido un tornillo. Nos dispersaron en tres mesas y nos prohibieron mezclar sopa y ensalada. Era el colegio. Dormí un rato en el tren y después estuve haciendo de gracioso de la clase. Quedé con Beatriz en Cibeles para devolverle la cámara y después corrí a Chueca para cenar con Miguel y estos en un restaurante infernal. Después nos reunimos con Nacho y Nahikari en una discoteca infernal. Nacho perdió su americana favorita y se fue a casa. Nahikari y yo nos metimos en un bar gótico a hablar de nuestras cosas. Cuando cerraron busqué un taxi mientras caminaba en dirección a Colón, aunque mi coche estaba aparcado en la plaza de España. Hacía mucho frío. Me meaba. Me arrimé a la puerta de un garaje, la puerta del garaje se abrió y un Peugeot 205 pasó junto a mí. Como no encontraba un taxi di media vuelta y fui a por mi coche. Me moría de frío. Tenía ganas de llorar

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